Viaje en la ruta 19
Iliana Gómez/Tanya zúniga

Dos sujetos, jóvenes comunes a bordo del autobús de la ruta 19. Pasan de lado con tranquilidad. Las personas luego de observarles detenidamente vuelven a su mundo. Todo apunta a un viaje normal. Pasando unos minutos se pueden observar caras pálidas, mujeres al borde del llanto, asombro colectivo. Hasta que alguien dijo: ¡nos acaban de asaltar!

Este es el diario vivir del transporte público de El Salvador entre extorsiones, asaltos, asesinatos, el salvadoreño promedio se las debe ingeniar para viajar de su casa al trabajo, centro educativo o para recrearse.

Un alto porcentaje de la población salvadoreña usa el trasporte público, sin embargo presentaremos lo que es sobrevivir en la ruta 19.

Abordar esta ruta en el Parque Infantil es en parte un alivio, luego de esperar por media hora entre gritos de vendedores, el mal olor en las calles, respirando smog. A su vez empieza una nueva preocupación, inspeccionar el ambiente, dar un vistazo a cada persona para decidir el mejor lugar para sentarse.

Comienza la adrenalina, entre la alta velocidad, la música estridente, las paradas inoportunas, mirando con recelo a los nuevos pasajeros. La tensión crece al entrar en Soyapango, entre el desorden y el caos, inevitablemente se debe pasar por el ritual de “las tres paradas eternas” como le dicen los alumnos del Colegio y la Universidad Don Bosco.

La primera es enfrente del Burguer King ubicado cercano a Plaza Mundo, en donde el bus llega a niveles exagerados de individuos.

Entre empujones y maltratos se llega a la segunda parada eterna, localizada a los alrededores dela Despensa Familiar, la espera aproximadamente es de diez minutos, cuando el motorista decide arrancar, se escucha el grito: “avisa que corren”

Llegando a la última “parada eterna”, que es Unicentro, la desesperación se hace evidente, se escuchan los golpes al autobús en un intento fallido de apresurar al motorista. Mientras este plática con un joven, se escuchan entre rumores: “a este lo están extorsionando”

En cuanto pago el derecho de pase emprendió el camino a la ciudadela. Llegando al Colegio Don Bosco, ahora el aire circula con facilidad puesto que muchos pasajeros llegaron a su destino y mientras otros siguen en la espera de la próxima parada.

Al llegar a la universidad se nota el alivio en a cara de los estudiantes, por hoy fue un viaje `normal`…

El reloj marca la cinco de la tarde, es hora del regreso, abordar d nuevo la ruta 19 entre caras preocupadas, reflejando cansancio. El bus parte a la siguiente parada, abarrotándose de estudiantes. Luego de un breve momento de tranquilidad, fuertes rumores se escuchan y los mas distraídos se ven sorprendidos al ser amenazados por sujetos armados, en cuestión de minutos los pasajeros se ven despojados de sus pertenecías, mientras los culpables escapaban.

Un crimen mas queda impune, demostrando que viajar en los buses es un riesgo, más que un beneficio. Donde la gente de pocos recursos roba a otros que honradamente tratan de subsistir.

Los altos índices de asaltos, han obligado a que las personas usen su imaginación para transportar su dinero, sus pertenecías, en lugares inimaginables.

Las desigualdades sociales, económicas, culturales influyen en los crecientes niveles de violencia que se vive en El Salvador, mientras las personas siguen caminado bajo la inseguridad, las autoridades se encuentran muy lejanas, tratando de demostrar a las personas que si trabajan por ellos, que la delincuencia ha disminuido. La realidad refleja otra situación.

Mientras tanto un simple estudiante debe seguir abordando la ruta 19, rogando que esta vez, sea un viaje `seguro`, sin asaltantes, ni extorsionistas, solo unos cuantos vendedores ruidosos, esperando llegar a tiempo. Empieza de nuevo la odisea…